Kike, mi hijo de cuatro años, quedó a mi cargo mientras su mamá acompañaba a su hermano a una competencia deportiva en otra ciudad. Antes de partir, Dora Celina, me dijo:
—Es una gran oportunidad para fortalecer la relación entre ustedes, tus hijos casi no te ven, salgan a divertirse juntos.
No podía estar más de acuerdo, el trabajo absorbía mis horas, así que, el domingo le propuse:
—¿El circo? ¿Dónde hay animales salvajes?
—Bueno, no sólo eso —le explique—. El circo es un lugar con grandes carpas, hay payasos, equilibristas, magos, trapecistas, y… ¡Animales salvajes con sus domadores!
Quique, inocente como un querubín, ojos grandes y expresivos como su madre, pero regalado como yo, aceptó la invitación.
—¡Bien papá, vamos al circo! ¿Hay ahí palomas?
—Si, y caballos, leones, tigres, elefantes… ¡De todo!
—Hablo de palomitas de maíz con caramelo.
El Circo Atayde andaba de gira por nuestra ciudad. Recordé que cuando tenía la edad de mi hijo, a mi pueblo solo llegaba un circo, pobre pero inolvidable: El “Pascualillo”, con un payaso genial; “el gran Salchicha”, me hacía desternillar de risa con sus hilarantes rutinas.
Un par de elefantes sujetos a una estaca nos dio la bienvenida, se alimentaban mientras esperaban la hora de actuar.
—¡Mira, dos Dumbos! —exclamó mi hijo.
Consideré un buen momento para presumir los conocimientos que mi admirado maestro, el doctor Cabrera, me transmitió cuando cursé la clase “Animales de Zoológico”, en la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM.
—Los elefantes —dije—, son los animales terrestres más grandes del mundo. Existen dos variedades: asiáticos y africanos.
—¿Podemos acercarnos más papá? —preguntó.
—Sí, pero no mucho: puede ser peligroso.
Los observó de todos los ángulos, aparentemente satisfecho, lanzó la primera pregunta:
—¿Estos elefantes son asiáticos o africanos?
Debí repasar mis apuntes antes de ir al circo con un preguntón. Lo bueno es que se me da la improvisación:
—Estos elefantes son mexicanos pues nacieron aquí.
—Como sabes que son mexicanos?
—Un mexicano siempre reconoce a otro, me lo dice el corazón.
Uno de los paquidermos desalojó un ruidoso gas, la función iba a empezar, entramos a ocupar nuestros lugares.
—Papá ¿Oíste que el elefante más grande se tiró un pedote?
—Si, un gas.
—Yo creo que fue un pedo. ¿Qué comen los elefantes?
—Son herbívoros y frugívoros, comen hierbas y frutas.
—¿Comen palomas los elefantes?
—No, solo hierbas y frutas.
—Bueno, si ellos no las comen, yo sí —a mi hijo también se le daba la improvisación—. Cómprame una bolsa ¡Muuuy grande!
Las preguntas seguían:
—¡El elefante pedorro es hombre! —afirmó.
—¿Cómo sabes?
Ayudándose con ambas manos, me explicó:
—¡Porque le cuelgan un buen par de aguacates!
—¿Quién te enseñó eso, chamaquito?
Su dedito me señaló. Tomé nota de no dejarlo entrar a mi cuarto cuando me cambio de ropa, ni bañarme ya con él.
En la pista unos excelentes malabaristas actuaban. A mi hijo no le importaba, seguía en su tema.
—¿A los elefantes les gustan los helados?
—¡Claro que no! Te dije que sólo comen hierbas y frutas.
—Los helados son de frutas —y otra vez me mandó a la dulcería—. Quiero un helado de fresa, ¡en barquillo!
Mientras Enrique saboreaba su helado. En la pista, un payaso triste trataba de hacernos reír. Yo externé mi opinión:
—¡Este pobre payaso no hace reír ni a una hiena, en cambio mi admirado Salchicha…!
—Papá, que bien que dijiste salchicha: ¡Quiero dos!
No volví a mencionar a mi payaso inolvidable.
—¿Los elefantes hacen mucho popó?
—Afirmativo. ¿Quieres ir al baño? —ya conocía su técnica para pedir las cosas.
—No quiero —y nuevamente me interrogó— ¿Los elefantes mexicanos se pedorrean igual que los africanos?
—Si, donde nacen nada tiene que ver con los gases. ¿Quién te enseñó esa fea palabra?
De nuevo, su dedito apuntó hacia mí.
Los elefantes lo tenían impresionado. No le importaba el esfuerzo que el pobre payaso hacía por divertirnos.
—¿Para qué les sirven a los elefantes los cuernos que tienen al lado de su trompa?
—No son cuernos, son colmillos —improvisé de nuevo—. A su domador le sirven para colgar su sombrero; lo que llamas trompa, es su nariz, y Tarzán de los Monos lo usa como escalera cuando monta a Tantor, su elefante particular.
—¿De dónde es Tarzán?
—De los monos.
—¿Dónde está ese país?
—En África, se llama Changotenango.
Kike estaba impresionado con mis profundos conocimientos de Tarzán de los monos y de los elefantes. En la pista, había un par de equilibristas. Uno; fuerte y alto, colocó en su cabeza un tubo metálico de cuatro metros de longitud. El otro, más delgado, subió por el tubo y en lo más alto se puso a hacer machincuepas.
Para que mi hijo olvidara a los elefantes le aconsejé:
—Observa bien lo que hace el que está arriba, pues cuando acaben de usar el tubo se los pediré prestado. Cuando regrese tu madre, pondré el tubo en mi cabeza y tú vas a hacer lo del chaparrito de arriba.
El güero, por fin, olvidó a los elefantes. Con los ojos muy abiertos miraba a los equilibristas y luego a mí, a ellos y a mí. Estuvo absorto hasta que acabó el acto, le pregunté:
—¿Qué tal, eh?
—Papá ¿Tú quieres que me lleve la chingada, verdad? —dijo muy serio.
No me arriesgué a averiguar donde aprendió esa palabra.
Cuando, Dora Celina regresó, le preguntó a nuestro hijo qué aprendió en el circo:
—Estuvo divertido. Conocí a dos elefantes mexicanos, uno de ellos bien pedorro. Mi papá dijo que no se llaman Dumbos, se llaman Tantores de los Monos. En sus colmillos el entrenador cuelga su sombrero. La nariz del elefante le sirve de escalera a Tarzán para treparse al lomo. Pero lo más importante que aprendí es que no debo ir al circo con mi papá: él quiere que suba a un tubo grandísimo a hacer machincuepas para que tú nos veas ¡Sospecho que quiere que me lleve la chingada!
Dora Celina con el ceño fruncido le preguntó:
—¿Dónde aprendiste esa palabra?
—En el circo —respondió.
—¿Quién lo dijo?
—Un viejo payaso.
La siguiente visita a un circo fuimos toda la familia. Tarde aprendí la técnica de Dora Celina para responder las preguntas de nuestros hijos: “Cabrones, se callan o les doy un sopapo en la trompa”.