Caldo de Chumpi

Enrique Orozco

febrero 20, 2023

Siempre recordaré la fiesta de cumpleaños de don Hospicio Larreata, “don Picho”, del rancho “El Chiflido”. Llegué como invitado terciario (invitado del invitado del invitado). Don Picho festejaba sus primeros cincuenta años de vida. El viejo era el clásico ranchero de antaño: chaparrón, fuerte, algo bronco pero hospitalario. Ese día estrenó traje charro de faena y un bien fajado pistolón que casi le tocaba la rodilla.

Nuestro regalo llegó a sus manos: tres botellas con licor.

—¡Bienvenidos muchachos! —dijo muy sonriente— ¡Vengan conmigo a la mesa de los barracazos!

Don Picho pasó de largo por la típica casa grande, corredores con pilastras por los cuatro costados, pichanchas con helechos colgaban de las vigas, y maceteros por doquier. Llegamos bajo la sombra de un gigantesco Guanacaste. Ahí, al lado de una carreta con el timón en descanso departía una decena de hombres más o menos de la edad del festejado. Mis acompañantes conocían a todos y me los presentaron, ellos decían su nombre y el de su rancho:

—Antón, del “Zanjón”.

—Chuvano, del rancho “el Cubano”.

—Santizo, del “Chorizo”.

—Pedrote, de la hacienda “el Camote”.

—Osculito, de aquí abajito.

—Yaní —de por aquí.

Me sentí halagado de estar en la mesa de los barracazos, recién había cumplido diez y siete años y primera vez que departía con adultos.

—Mi mujer hizo un caldo de chumpi ¡De rechupete! —don Picho besó sus dedos y se fue.

Sin desayunar, me imaginé el caldo de chumpi con su hierbabuena, ague’chile y tortillas de mano; seguiría un molito, arroz de fiesta y una presa del chumpi. Mis intestinos bailaron y tararearon el vals “Sobre las Olas”.

Don Hospicio llegó con un cartón de cervezas tibias, las destapó con la cacha de la pistola. Repartió dos “tibias” a cada quien, guardó la fusca y brindó:

—¡Por ustedes! —alzó la cerveza y gritó—: ¡Arriba… abajo… al centro… y pa’ dentro!

Obedientes: subimos, bajamos, centramos y adentramos la cerveza. Sin pausa y con el mismo ritual nos bebimos la segunda.

Mi estómago e intestinos pedían alimento. En el corredor las mujeres y niños ya comían, pensé ir con ellos. El que me invitó me advirtió:

—No vayás, aquí nos van a servir. Don Picho es cabrón, ya ves, ¡rápido saca el cuete!

Nuestro anfitrión reapareció con una botella de ron en una mano y en la otra un refresco tibio.

—¡Vasos al frente barracazos! —ordenó.

Yo era el primer barraco de la fila, obedecí, le mostré mi vaso. Fue muy generoso con el licor, le añadió un miserable chorrito de refresco. Cuando terminó de servirnos, la botella de un litro de ron estaba vacía; la del refresco, iba a la mitad.

Don Picho tenía un gañote excepcional —“pongo tiro”, dijo y bebió—, cuando bajó el vaso no había nada. Me miró, seguí su ejemplo, todos lo hicimos.

Mi estómago y tripas hacían ruido como batucada brasileña y cantaban: ¡Queru caldeiro de chumpeiro!

Media hora después, regresó el cumpleañero con una botella de brandy.

—¡Vasos! —ordenó.

Mi angustiado cerebro gritaba: “trago no, caldo de chumpi si”.

El ranchero hizo callar a una marimbita que tocaban tres despelucados, e inició un discurso agradeciendo nuestra presencia. Al terminar la marimba tocó diana. El anfitrión, nos hizo una oferta que nadie rechazó:

—Barracos, ¡unos traguitos más, pa’ hacer hambrita! —mis tripas gritaban: ¡Con una chingada hambrita ya hay!

Yo traía una bolsa con cacahuates que compartí con los demás. Comí seis cacahuates, mis tripas protestaron: ¡Traición, queremos caldo de chumpi, no caca… huates!

Dos horas después, todos los barracos estábamos borrachos, yo más. La comida ya me valía guango. Todo era perfecto: Hasta la carreta reía conmigo. Los barracos comenzaron a felicitar al cumpleañero. Uno declaró a don Picho gran anfitrión. Otro, que era un ganadero chingón. Un tercero, lo nombró el charro del año. Alguien más alabó: “su fertilidad y pegue con las damas”, le llamó: “Chingüengüenchón con suerte”. Cada intervención merecía una diana.

Llegó mi turno, el ron había hecho nido en mi cabeza, pero mi lengua insistía en felicitar al anfitrión. Me paré:

—Don Pincho… digo… don Punchi, aquí en el Chiflado hemos recibido sólo atenciones, cervezas, ron y brandy. Esperamos el caldo de pinchu… perdón… de Chumpi. Nadie duda que usté es el churro del ano… perdón, perdón… el charro del año… y un sinvergüenza con suéter ¡Un chingón semental pues!

Definitivamente mi cerebro y mi lengua estaban divorciados. No me tocaron diana, pero no importaba, el caldo de chumpi por fin llegó y nadie me hacía caso. Pensé cerrar fuerte mi intervención y brindé:

—¡Brindo por el chiflado de don Pinchi!

Proculito, el de abajito contestó:

—¡Viva don Pinchi!

Llovió en el Chiflido. El camino se convirtió en un lodazal y un camión se atascó en la salida del rancho bloqueando el paso. Don Picho ordenó: Mañana sacaremos ese buey de la barranca. Por hoy todos son mis huéspedes. Las camas y hamacas son para las mujeres y los niños. Los barracos acomódense ‘onde puedan —y advirtió— “¡Lejos de la mujerada!”.

A las ocho de la noche perfectamente borracho me dormí en un incómodo butaque del corredor.

El canto de un gallo me despertó. Mi primera cruda llegó puntual. El cerebro comenzó a funcionar lento, muy lento. Un sentimiento de culpa me invadió, le pedí perdón a cada pilastra que en el camino encontré. No me acordaba de muchas cosas. ¿Ofendí a alguien? ¡Diosito santo! ¡No vuelvo a tomar licor en toda mi vida…! No, mis próximas tres vidas sería abstemio.

Tenía sed, mi instinto me llevó hacia una hielera ¡Eureka! Me disponía a levantar la tapa cuando escuché una voz:

—¿Qué buscas muchacho? —era don Picho y su pistolón al cinto.

Me acordé de mi fallido discurso y empecé a balbucear una disculpa.

—No, no, no, todo está bien —dijo conciliador—. No ofendiste a nadie, solo te quedaste dormido muy pronto. Te falta entrenamiento en esto de la chupazón ¿Qué quieres?

—Tengo sed, dígame donde está la tinaja, el tanque, el rio. Lo que quede más cerca.

Don Picho, metió la mano en la hielera y sacó cuatro cervezas. Al verlas se me revolvió el estómago. Me dio un par, dijo:

—¡Un clavo saca otro clavo!

Quise huir. Pero mi ánimo no estaba para hacer ejercicio. Mis arcadas estomacales presagiaban tormenta. Me negué a dar el primer trago, pero el viejo se mostró inflexible:

—¡Es tu medicina! ¡Es tu alivio! —me veía con el ceño fruncido.

Don Picho era rápido con la fusca y más con la cerveza, casi sin respirar se las tomó.

—Tu turno —dijo.

La cerveza, más tibia que el día anterior, la puse en mi boca, el primer sorbo fue muy desagradable. Él me animaba:

—¡Es medicina, es medicina!

Tenía razón, era un vomitivo. La bebí, el líquido jugueteo en mi estómago con la idea de regresar a la superficie. Me acordé que Kalimán decía: “el que domina la mente, domina todo”. Me concentré y no vomité. Seguí con la otra. Mi malestar cedió un poco. Don Picho era un buen conversador, hablaba sin parar. Media hora después sacó cuatro cervezas, ya no tuvo que convencerme ¡Si, era medicina! El malestar desapareció, sentía hambre. Don Picho prometió:

—Ya le dieron en la madre a otro chumpi, vamos a desayunar sabroso. Las mujeres ya están tortiando.

Sentí que una gran amistad nacía, una amistad que solo el trago te permite consolidar tan rápido. Ayer no conocía a don Picho y hoy era mi mentor, mi maestro, me enseñó que un clavo saca otro clavo y que una cerveza tibia puede ser medicinal. El futuro me parecía maravilloso.

—¡Gracias don Pincho, es usted un Churro Con plato!… perdón… ¡Un Charro completo! —¡Ya estaba bolo de nuevo!—, espero cumpla muchos años más ¡Y qué viva el caldo de truchi…! ¡Perdón de chumpi!

Glosario:

Presa.- Una pechuga, una pierna u otra parte del chumpi.

Chumpi.- Pariente pobre del Pavo.

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