Día del amor

Enrique Orozco

febrero 13, 2023

El noviazgo es el periodo de prueba donde una pareja se conoce, se observan uno a la otra, y el otro a la una. Se muestran virtudes y esconden defectos. Mérida y Tereso llevaban dos meses de noviazgo y desde un principio se mostraron tal como eran. En casa de Mérida mandaban las féminas, imperaba el matriarcado; ahí no obedecían al Padre, ni al Hijo y menos al Espíritu Santo. La pareja a menudo dicutía, pero siempre terminaban diciéndose: “mi amor”. Sus gustos contrastaban: a ella le gustaba mandar, a él no le gustaba obedecer. Tereso era muco.

En Tapachula un muco es alguien necio, tozudo como buey de carreta. Incontrolable, como diarrea en casa ajena.

Mérida, presumía su tez blanca y cabello negro, tan negro como sus ojos y su mal genio. Tereso, presumía sus dientes: parejitos, blancos y un lomo que soportaba todo.

Un catorce de febrero, Tereso llegó de visita, sin una flor, ni siquiera una bolsita con cacahuates garapiñados, esos detalles que hacen felices a las mujeres; vaya, no llevaba ni una menta que le refrescara el aliento por si le regalaban un picorete.

—¿Me invitas un cafecito, mi amor?

—Sí, mi amor —Mérida, fue a la cocina y regresó con una humeante taza con café.

Como avezado catador profesional, Tereso aspiró el aroma, saboreó el brebaje, chasqueó tres veces la lengua y emitió un veredicto:

—¡Es café de segunda, del jodido, mi amor!

—Es café… ¿No eso pediste… mi amor?

—Sí, pero café Márago, del colado ¿Qué pasó pué mi amor?

—Entonces debiste traer un kilo de café y un colador, aquí el único jodido colado eres tú… mi amor.

Tereso debió rendirse y buscar una novia más llevadera. Eso haría una persona normal; pero no él, soportó maltratos, humillaciones, malas palabras… ¡Muco al fin!

Pidió la mano de Mérida y se la dieron. En la noche de la luna de miel, Tereso amarró un gallo en la pata de la cama —su abuelo frailescano le aconsejó: “hijo, cuando de madrugada cante el gallo, te levantás bien encabronado, agarrás al gallo del güegüecho y decís: “pinchi gallo, aquí el único que grita soy yo” y lo matás, así tu vieja sabrá con quién se casó y el que manda”.

Mérida era la imagen de la virginal inocencia al preguntar:

—¿Qué hace este gallo aquí, mi amor?

—Mañana lo sabrás… mi amor —Tereso sonrió.

Y alegres se dedicaron a practicar el deporte del recién casado.

Tereso despertó a las diez de la mañana: “pinche gallo güevón —pensó—, no cantó, seguro se soltó y se fue”.

Bajo la cama estaba el gallo… ¡Degollado!.

—El gallo iba a cantar —la blanca Mérida sostenía en la mano un cuchillo cebollero—: pero a mi marido, solo lo despierto yo… ¡Si quiero! ¿Cómo ves… mi amor?

—Gra… gra… gracias… mi amor —tartamudeó.

El siguiente gallo que Tereso llevó a casa, fue con un trío (de cuatro) y cantó: “perdón, vida de mi vida/ Perdón, si es que te he faltado/ Perdón, cariñito amado, ángel adorado, dame tu perdón… mi amooor”.

¡La blanca Mérida y Tereso, el muco, fueron infelices hasta que se divorciaron…!

Enrique Orozco González

Compartí, no seas muco.

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