¿Por qué me miran a mí?

Enrique Orozco

enero 21, 2023

Don Enrique Orozco Flores, mi padre, fue un hombre normal con aciertos y errores, con virtudes y defectos, con claros y obscuros; sin embargo, nadie puede dudar el amor que tenía a su familia: su esposa, hijos, nietos y sobrinos. Solía bromear con nosotros: cuando se mencionaba un defecto de alguien; él preguntaba: ¿Por qué me miran a mí? Y reía celebrando su ocurrencia.

La relación con mi padre cruzó por tres etapas: de niño lo quería, pero le temía. De adolescente lo respetaba y lo quería. De adulto, no lo quería… ¡Lo adoraba!

Le gustaba viajar y pienso que no le interesaba tanto el destino como el camino. Don Enrique gozaba cuando subía a un auto, un autobús o avión; a pesar que tenía licencia de chofer jamás aprendió a manejar carros. Cuando yo tenía dieciséis años compró un estupendo Opel Record de cuatro cilindros y contrató chofer, el carro no se movía en días y sin que nadie me enseñara, comencé a moverlo: adelante, atrás, izquierda y derecha. Un día me animé y le di la vuelta a la manzana, cada vez lo dominé más. Llegó mi padre sin chofer y quería ir a un pueblo de Tlaxcala. Me ofrecí a llevarlo, sorprendido preguntó:

—¿Ya sabes manejar?

Y con la confianza de quien no maneja me dejó llevarlo a la fiesta, el Opel y yo nos hicimos cómplices como la calentura y el Desenfriol; como el antojo y la saliva. Cuando viajábamos en auto se ofrecía como experto copiloto: conocía muchos caminos y pueblos; pero al “copiloto” el ruido de los motores lo arrullaban, así, dormitaba todo el viaje, al llegar a su destino comenzaba a planear el regreso a casa. Una vez fui a la Ciudad de México por una camioneta oficial de mi trabajo, él no permitió que regresara solo, trepó al vehículo, abrochó su cinturón de seguridad y despertó 900 kilómetros después, cenamos y otra vez “a la meme”, hasta Tapachula. Su comentario me dio risa: “hijo, se me hizo corto el viaje, no lo sentí, creo que te enseñé a manejar a toda madre”. Su trabajo le permitió viajar constantemente, hacer amigos y ayudar a mucha gente. Solía regresar de sus viajes con regalos para todos.

Recuerdo nuestro último viaje. Mis padres estaban en casa de mi hermana Anamey en Villaflores, doña Jelen dijo que querían regresar a su casa en Querétaro. Nunca pensé que mi padre estuviera tan grave. Con mi hermano fuimos por ellos. Emprendimos un pavoroso viaje por carretera. A las doce de la noche de un frío enero llegamos a nuestro destino. con dificultad lo bajamos del auto. Caminó unos metros, dijo: “Que feo se siente”, su cuerpo se aflojó y murió en nuestros brazos. Siempre pensé que sus últimas palabras serían: “¿Y por qué me miran a mí?”.

Cuando mi padre mencionaba a alguien que estaba un escalón abajo del jefe, no lo llamaba: subordinado, subjefe, subgerente o algo parecido, decía: “el segundo de a bordo” —nunca estuvo en la marina, solo navegó en las trajineras de Xochimilco.

Ahora, yo soy su “segundo de a bordo”, llevo su nombre, soy disléxico como él y me sorprendo diciendo cosas que don Enrique decía. Por eso al escuchar a mis hijos decir que alguien está lleno de defectos, pregunto: “¿Por qué me miran a mí?”.

Enrique Orozco González

Claro que pueden compartir.

Contenido relacionado