El apellido de Rodrigo Riccino, me recordaba el asqueroso purgante (aceite de ricino), con qué, madres como la mía, solían limpiarnos los intestinos de parásitos cuando menos una vez por año. Riccino de ascendencia italiana: flaco, corte de cabello a la Brush y un poco bobalicón, se portó bien hasta los diez años de edad.
El destino lo premió al rodearlo de chiapanecos en la Ciudad de México. Nuestras familias eran vecinas de departamento. Yo tenía diez y siete años, mi hermano catorce. Riccino de diez años llegaba a mi casa, parecía garrapata coyolera, no lográbamos desembarazarnos de él.
En el edificio vecino vivían media docena de estudiantes chiapanecos: tuxtlecos y frailescanos que acostumbraban jugar en la calle y banquetear en amena plática. De cada chiapaneco aprendió algo, como mentar madres por cualquier motivo, silbar como carretonero, pelear en pandilla, comer mango verde con cachito, tomar pozol, piropear muchachas, hacer ruidos extraños colocando las manos en los sobacos y apreciar la música de marimba. Una vez presumió que en la escuela ganó un reñido concurso de eructos y nos agradeció.
Con nosotros iba al Cine Morelia, en la colonia Roma. El cine costaba dos pesos, veíamos tres películas por función, normalmente del mismo tema: tres de vaqueros, con John Wayne; tres de guerra, con John Wayne; tres de detectives con John Wayne, tres musicales (por fortuna Wayne no bailaba ni cantaba). Nosotros le enseñamos que al entrar a la sala cinematográfica debía gritar: “¡Ya llegué, bola de mampos”; los chiflidos insultantes eran la respuesta de nuestros paisanos! A coscorrones Riccino aprendió que no debía preguntar cada cinco minutos, quién era el bueno o el malo de la película. Le enseñamos a jugar “coladeritas” y a usar los patines de fierro que se sujetaban a las suelas de los zapatos, claro, pagando el precio usual: raspones que se curaban con Mertiolate o con saliva.
Nos cambiamos de casa y no lo vi en muchos años. Supe que al crecer Riccino se volvió un hábil estafador —eso lo aprendió de otras etnias no de nosotros—. Visitó varias veces la cárcel, ahí buscaba la protección de los chiapanecos, con ellos se sentía en familia: en el bote aprendió variantes del grito para entrar al cine: “¡Mampos, ya llegó su butifarra!”.
Hace poco lo encontré en un restaurante de la Ciudad de México, convertido ya en un hombre de bien. Llorando de emoción me abrazó y dijo: “convivir con ustedes fue lo mejor que pudo pasarme en la vida” —y antes de poder sentirme orgulloso, agregó— ¡Los chiapanecos son a toda madre… Pero quitándoles todo lo malo!
Mejor definición… ¡Imposible!
¿Y los italianos, qué?
Enrique Orozco González
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Glosario:
Cachito. – Sal con chile y un poco de tortilla tostada.
Pozol. – Bebida achocolatada con algo de masa, se bate con la mano, parece que solo a nosotros nos agrada.
Mampos. – Hombres con cierta tendencia a vestirse de mujer y cuando los meten a la cárcel se sienten como cochi en el lodo.
Butifarra. – Carne molida con muchas especias (orégano, pimienta, etc.) en forma cilíndrica, solo a mí y a los comitecos nos gusta, se lleva a toda madre con la cerveza.