Este relato regresó con mis recuerdos, le di una chainiadita, a ver que les parece.
A little
Cuando en el trabajo me comisionaron para ir a Australia a una inspección de origen de 3500 bovinos de razas nativas, nadie me preguntó si yo hablaba inglés; de haberlo hecho respondería: “A Little”. No mencionaría mis muchos intentos por aprender el idioma de Shakespeare. Empezando con el teacher Chávez que en mi pueblo enseñaba ese idioma. Seguiría con el inglés de la secundaria, prepa y profesional, no diría los cursos que tomé y no terminé, tampoco los que adquirí y regalé. Debo aclarar que mi dificultad con ese idioma es cuando me hablan rápido, entro en pánico y corro a buscar ayuda.
Llegué a los Ángeles, Ca., para enlazar el vuelo que nos llevaría con mi compañero Berengüela al continente australiano. Ya conocía a ese grandulón, en las reuniones anuales de la oficina se daba a notar por su gran estatura y locuacidad. El veterinario norteño me saludó:
—Parejita, ¿hablas inglés?
—A Little —respondí.
—¡Puta Madre, yo no hablo nada!
—Pero si trabajás en la frontera con los gringo ¿Cómo es posible eso?
Me mostró una lista con verbos irregulares en inglés que una de sus hijas le dio a estudiar. El papel estaba inmaculado, sin arrugas, señal que no lo leyó. Adosado a un clip venía una estampita de san Linguardo di Bocca, milagroso Santo que le ayudaría como intérprete. San Linguardo y yo no teníamos semejanza alguna.
Trescientos pasajeros subimos a un enorme avión de la línea australiana Qantas. Mi compañero con acento “anorteñao” me llamaba “parejita” o “loco” indistintamente.
—Parejita —me pidió, ya a bordo—, dile a la azafata que si me puede cambiar de silla, quiero una de pasillo, pa’ que pueda estirar mis canillas y…
—¡Stop! —detuve su perorata—. ¿No se te antoja un sándwich de jamón o de pollo?
—No loco, quiero estirar las patas.
—Es que ahorita en inglés solo me acuerdo cómo se dice: “quiero un sándwich de jamón o chicken”.
A pesar de todo, formamos una gran pareja, cada quien con su estilo: él con su acento norteño, yo el chiapaneco. Estábamos bien sincronizados: mientras yo hablaba mi muy particular inglés, él gesticulaba, movía brazos, piernas o la parte del cuerpo que fuera necesario (le advertí qué si quería desayunar huevos con chorizo, yo pediría por él).
Llegamos a Sídney hambrientos y de madrugada, en un restaurante un aburrido empleado atendía de mala gana. Los platillos a la vista y él servía lo que le pedías. Me formé y cuando lo tuve enfrente señalé unas suculentas salchichas. Me miró e hizo gesto de no entender, señalando la salchicha, dije:
—I want a couple of “sauchas”.
Alzó los hombros.
—I want this —y señalé el plato.
Un australiano formado atrás de mí, avanzó y regañó al tipo, antes de volver a su lugar me ofreció disculpas. El empleado se apresuró a servirme; que bueno, mi ayuda venía en camino, el desenvuelto Berenguela luchaba por bajarse los pantalones para mostrarle algo similar a la salchicha.
Los australianos son amables y respetuosos. Un empleado del exportador, que no hablaba español, nos recibió en el aeropuerto de Brisbane, final de nuestro viaje, me preguntó:
—Debo invitarlos a comer ¿Quieren comida mexicana?
Le comenté a mi colega que muy educado dijo:
—Dile a este pinche güero que si me lleva a un restaurante mexicano ya le ando partiendo su madre. Yo soy un gran conocedor de la cocina australiana, ¡quiero comer tacos de canguro en su tinta!
Brisbane, capital del estado de Queensland es una ciudad moderna y cosmopolita. Probamos los deliciosos mariscos del océano Índico, las chuletas de cordero y muchas cosas más. Berengüela y yo, somos “de buen diente”, después de desayunar, partíamos a la estación cuarentenaria con regreso tardío; salíamos a hacer compritas. Hasta nos atrevimos a contarles chistes a las chicas australianas. Mientras yo farfullaba mi inglés, él lo actuaba; no nos entendían pero reían bastante con Beren, al que terminaban dándole un beso. Si me hablaban rápido yo pedía: “Slowly, please” mientras Berengüela abría la boca, sacaba la lengua, trababa los ojos y hacía la mímica de caminar en cámara lenta tratando de ayudarme.
Supervisar la documentación fue fácil, las palabras técnicas las entiendo bien, lo cabrón fue inspeccionar tanto ganado en tan poco tiempo, pero lo hicimos.
En la estación cuarentenaria una australiana de cincuenta años: alta, flaca, huesuda, se encargaba de darnos un tentempié (“¡Brake!”, gritaba golpeando una charola, igual que nosotros llamamos a los cochis) ella y Berengüela sostuvieron un fugaz romance a pura mímica, me confesó que mi amigo le atraía más de la cuenta y preguntó:
—Mexicano, tu compañero me gusta, ¿estará “bien dotado”?
—Si quiere le pregunto.
Lo hice:
—Beren, la meca pregunta si así como tragás sos bueno pa’ la chamba.
Juntó índice y pulgar a tres centímetros y dijo las únicas palabras que sabía:
—A Little —la flaca no lo peló más.
Al exportador australiano le gustó nuestro desempeño y preguntó si queríamos conocer Nueva Zelandia, que está a tiro de piedra.
—Beren, el güero dice si queremos conocer Nueva Zelandia. ¿Cómo lo mirás?
—Sería bueno, parejita, aunque sé que ellos no hablan buen inglés.
—¿Nosotros sí? —pregunté.
—A Little —y juntó los dedos.
Ignorábamos que tres meses después regresaríamos de nuevo a Australia a seguir perfeccionando nuestro inglés.
Enrique Orozco González
Se vale compartir.
Glosario:
A Little.- Poquito, y juntas los dedos índice y pulgar para reforzar el concepto.
Chainiada.- Arreglo mal hecho, se usa cuando alguien anda mal arreglado: “date una chainiadita”.