Probete de mi libro “Cuentos Riales de Enrique Orozco”. Los campeones

Enrique Orozco

febrero 6, 2023


Serafín Longines, el “Lonjas”, cargaba ese apodo desde la escuela primaria en Tapachula: alto, gordo y bofo. Sin saberlo, su madre, lo bautizó con el nombre que distingue a los primeros de la angelología cristiana, los gorditos y cachetones Serafines. El Lonjas, amaba al mundo que lo rodeaba, tanto, como al pan de Tuxtla Chico y las galletas de animalitos que, por kilos consumía.
En la década ochentera, Serafín, trabajó en una secretaría del gobierno federal que año tras año organizaba suntuosas competencias deportivas internas. Un compañero de trabajo lo animó:
—Lonjas, éntrale a los juegos: te dan uniforme y buenos viáticos, irás a otras ciudades, si avanzas en tu deporte y llegas a la final conocerás Oaxtepec.
Al Lonjas le gustaba viajar, su ilusión fue conocer Oaxtepec. Llegó con “Pacolón”, su amigo de siempre y ahora líder sindical, que palomeaba a los que irían a los juegos. Todos sabían que Pacolón manejaba a los participantes de los juegos de una manera no muy clara y legal.
Pacolón y Lonjas, estudiaron, más bien, fueron compañeros de escuela hasta la secundaria: uno flaco, huesudo y tunante. El otro gordo, cuadrado e inocente.
—Pacolón —dijo el gordo con voz aflautada—, quiero participar en los juegos y conocer Oaxtepec.
—Sí, mi Lonjas, dime en qué deporte te inscribo: ¿Cien tacos de canasta con triple tortilla? ¿Tragazón de tamales sin obstáculos? ¿Tragamiento de jaibolinas?
—¡No chingueis que me jodéis! ¿Qué tal… ajedreiz? —propuso el Lonjas.
—Nopo.
—¿Roncamiento sin obstáculos?
—Menos.
—Pacolón, acuérdate que en la escuela cuando andabas de muerto de hambre, yo te convidaba de mi lonche.
Cierto, el Lonjas le convidaba todo lo que picaba, jamás le dio a probar los plátanos fritos con crema y queso.
—Bien —dijo el líder—, te voy a inscribir en boxeo.
—¿‘Tas pendejo Pacolón?, si en la escuela todos me madreaban.
El Lonjas, era un buenazo, famoso por su amor a la gente, con el lema: “Amor y Pan” justificaba, tanto su paz interior, como su gordura externa. Imposible practicar un deporte tan violento como el boxeo. Pero el astuto Pacolón tenía un plan:
—Por tu peso mi buen Lonjas, tendrías que pelear con los pesos grandes, los completos, pero… ¿Qué crees güey? ¡En seis años nadie se ha inscrito ahí! Vas a viajar y viaticar sin pelear. Sólo subirás al ring, esperas un rato, saludas y te bajas. Yo seré tu entrenador y veré que los dos cobremos doble viático: tú por la doble alimentación de atleta de alto rendimiento; y yo, por ser el que manda, ¡el meeero chile en vinagre!
Ante ese alegre paisaje, Lonjas aceptó.
Su amigo Pacolón, el chile en vinagre, lo disfrazó de boxeador: calzoneta, zapatos y bata: “el Lonjas” no era un mote adecuado para tan bravo guerrero costeño: “El León Capón” decía en la espalda de su elegante y satinada bata.
Tapachula, Tuxtla Gutiérrez y Oaxaca vieron subir al ring al León Capón, saludar, hacer el paso de “La gallinita pleitista” que le copió a Muhammad Ali, y soportar la gran silbatina. Sus mejores entrenamientos los hizo en los mercados, pura sabrosura: tamales, memelas, garnachas, tlayudas, no se privó de nada. ¡A la gran final llegó invicto! ¡Todos sus combates ganados! ¡150 kilos de maciza con manteca!
Acostumbrado a su rutina, en Oaxtepec subió al ring, saludó, hizo boxeo de sombra y el paso de la gallinita pleitista, mientras lanzaba suaves golpes de izquierda y derecha a un invisible oponente. Inesperadamente, apareció con los guantes puestos un fornido mulato. “Búfalo Robinson”, decía su bata.
—“¡Ah, cabrón! ¿Y este güey de dónde salió?” —preguntó Longines horrorizado ante la musculosa figura y la mirada de su rival—. ¡Pinche Pacolón, dijiste que no tendría oponente!… ¡Ni madres, yo no peleo con ese buey de carreta!
—¡Ni hablar! Si no peleas tendrás que devolver los viáticos. ¡Es por reglamento! —y el Chile en Vinagre aconsejó —. ¡Éntrale gordo: un buey contra un León! Mira, cuando el réferi les pida que choquen guantes, el pleito ya es oficial. Al primer madrazo te dejas caer… ¡Y ya güey! Te damos tu diploma de subcampeón pa’ que le presumas a tus hijos.
La perspectiva de devolver el dinero no era agradable, pero el tener un diploma que presumir a su descendencia lo hicieron decidirse a enfrentar al Búfalo Robinson.
—Abusado, Lonjas —dijo Pacolón mientras le ponía los guantes—. Al primer golpe te tiras un clavado a la lona y no te levantes ni aunque te piquen el fundillo.
El plan era bueno, pero fracasó. Al tañido de la campana, el Búfalo Robinson enloqueció. Empujó al inofensivo León a una esquina del ring, con una mano lo detuvo y con la otra lo persignó a madrazos. Pacolón, horrorizado, veía cómo su amigo era masacrado y el Lonjas no metía las manos para defenderse, su preocupación era agarrarse la calzoneta que ya iba por las rodillas.
Alguien del público gritó:
—¡Pacolón, para la pelea, avienta la toalla!
Si pero… ¿Cual toalla? ¡No llevaba! Mientras el León Capón recibía sonoros madrazos, angustiado, el Pacolón se quitó la camisa blanca y la aventó, con tanta fuerza, que el trapo pasó de largo, no cayó en el ring. El León Capón recibía leñazos. Desesperado por ayudar al amigo, Pacolón subió al cuadrilátero, el desquiciado Búfalo, rabioso, repartía mandobles a quien se metiera entre él y su inocente víctima. El Chile en Vinagre, también recibió su ración de madrazos. Por fin, entre varios pudieron sujetar al enloquecido Búfalo que fue descalificado.
El Lonjas regresó a gatas a su esquina.
—¿Qué pasó, güey? —preguntó a Pacolón.
—¡Ganamos la pelea, gordo! —dijo el manager.
Longines se desvaneció. Tres días estuvo en el hospital. Cuando lo dieron de alta todo el equipo ya había regresado a casa.
Longines con un ojo semicerrado; el otro, cerrado totalmente fue a su fiesta de bienvenida, anunció: “¡Soy campeón nacional de peso completo!… ¡Pero, no teman cucarachas! ¡El León Capón hoy se retira del boxeo!
Pacolón, a su lado, orgulloso, mostraba el cinturón que los acreditaba como campeones de los pesos completos (alegó que a él le tocaron “sus buenos madrazos”, por tanto, le correspondía un cachito del título). Hizo la “V” de la victoria y sonrió enseñando el hueco de los tres incisivos que perdió al recibir un cachazo del Búfalo Robinson y anunció:
—El León Capón sostendrá una pelea de despedida —al Lonjas le temblaron los cachetes del puro miedo— ¡Su rival será una canasta grande, llena con pan de Tuxtla Chico!
—Entonces no será la última —gritó el León con valor inaudito— ¡La pelea será a muerte y si caigo, desde ‘orita pido la revancha!

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